El hombre que pudo reinar por Rudyard Kipling

El hombre que pudo reinar por Rudyard Kipling

Titulo del libro: El hombre que pudo reinar

Autor: Rudyard Kipling

Número de páginas: 32 páginas

Fecha de lanzamiento: January 23, 2009

Editor: Evergreen Review, Inc.

Rudyard Kipling con El hombre que pudo reinar

El hombre que pudo reinar por Rudyard Kipling fue vendido por £3.70 cada copia. El libro publicado por Evergreen Review, Inc.. Contiene 32 el número de páginas.. Regístrese ahora para tener acceso a miles de libros disponibles para su descarga gratuita. El registro fue libre.

De Contenido: "La Ley, como dice la cita, establece una justa norma de vida que no es fácil de seguir. He sido muchas veces amigo de un mendigo, en circunstancias que a ambos nos impedían descubrir si el otro era digno. Todavía me falta ser hermano de un príncipe, aunque en una ocasión conocí de cerca a quien pudo haber sido un verdadero rey, y me prometieron la posesión de un reino: un ejército, un tribunal de justicia, rentas y principios políticos, todo de una vez. Pero ahora mucho me temo que mi rey esté muerto, y si quiero una corona tengo que buscarla por mi cuenta. Todo empezó en un tren que hacía el camino entre Ajmir y Mhow. Un déficit de presupuesto me obligaba a viajar no ya en segunda clase, que sólo cuesta la mitad que la primera, sino en intermedia, que es realmente espantosa. En clase intermedia no hay cojines y, o bien la población es intermedia, es decir, eurasiática o nativa, lo cual resulta horrible durante un largo viaje nocturno, o bien se trata de una población de vagos, que es divertida pero que siempre anda ebria. Los de intermedia no compran nada en la cantina del tren. Llevan su propia comida en hatillos y tarros, y les compran dulces a los vendedores nativos, y beben agua en los char-cos del camino. Éste es el motivo de que cuando llega el calor saquen a los de intermedia muertos de los vagones, y de que en cualquier estación la gente los mire por encima del hombro. Mi vagón de intermedia estuvo vacío hasta que llegamos a Nasirabad, donde subió un caballero de oscuras y pobladas cejas negras. Iba en mangas de camisa, y mató el tiempo según la costumbre de los de inter-media. Era un viajero errante, un vagabundo como yo mismo, pero con una educada afición por el whisky. Contó historias sobre cosas que había visto y hecho, remotos rincones del Imperio en los que se había internado" y aventuras en las que había arriesgado su vida por la comida de unos pocos días. -Si la India estuviera llena de hombres como usted y como yo, que no saben mejor que los cuervos de dónde van a sacar las raciones del día siguiente, la tierra no tendría que dar setenta millones, sino setecientos -dijo; y al mirarle la boca y el mentón me sentí inclinado a estar de acuerdo con él. Hablamos de política -la política de la vagancia, que ve el envés de las cosas, donde nadie allana la escayola-y hablamos de acuerdos postales, porque mi amigo quería enviar un telegrama desde la siguiente estación con destino a Ajmir, el lugar donde la línea de Bombay se desvía hacia Mhow cuando uno viaja en dirección oeste. Mi amigo no tenía más dinero que ocho annas, que quería para comer, y yo no tenía dinero en absoluto, debido a las dificultades de presupuesto antes mencionadas. Más aún, iba hacia un desierto donde, aunque debería seguir en contacto con la Tesorería, no había oficinas de Telégrafos. Me veía, por lo tanto, imposibilitado para ayudarle de una u otra manera."